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  Poesía, Literatura y Arte
Edición nº7

El vino y Don Quijote
Autor: Julio González Alonso  |  Publicado en: Julio de 2008

El vino. Cuando el dios Baco pasea por La Mancha de la mano del Quijote.


Don Quijote sueña que se halla
en batalla con un Gigante y
rompe unos pellejos de vino

Si don Quijote salió a las del alba Campos de Montiel adelante en busca de gigantes y follones a los que enfrentar sus armas y se topó con molinos harineros de viento, ovejas y cuerdas de forzados, ¿cómo no tropezarse con el vino, que hace junto al queso una de las glorias mayores de la extensa Mancha y de la gastronomía española de entonces y de ahora?

Sería grave error, ya que no pecado -y no venial ni disculpable-, hacer alusión a la gastronomía sin hacer parada en los caldos manchegos que alegran y dan chispa a las mejores mesas. Y no es baladí la mención, cuando podemos comprobar cómo a lo largo del Quijote el vino aparece en 43 ocasiones, casi a partes iguales entre las dos entregas que componen la obra de Cervantes en las tres salidas de Alonso Quijano el Bueno del lugar no declarado por no recordado o no querido recordar, que así sería cosa de que por siglos los distintos pueblos manchegos se disputaran el origen del que dio en llamarse Don Quijote, nombre que tomará de su propio apellido convertido en Quixote, lo que venía a ser una  pieza de la armadura que protegía el muslo de los caballeros, andantes o no.

Las situaciones en las que podemos encontrar a lo largo de la novela el invento de Baco son muy diversas: entre los pastores, en bodas como las de Camacho, en bálsamos como el de Fierabrás (I.-cap. XVII) en el que el vino sirve de uso medicinal, pues después de ser apaleado y malherido Don Quijote por aquel moro encantado, cura milagrosamente sus heridas mezclando vino con un poco de aceite, sal y romero. Cervantes conocía, tal vez por su experiencia militar, que las infecciones en las heridas abiertas procedían del exterior, por lo que era preciso lavarlas con vino (cap. XXXIV) para evitar que se infectaran.

La afición y devoción de Sancho por el vino quedan sobradamente documentadas a lo largo de la obra cervantina; ya en la primera aventura de los molinos de viento sabemos que Sancho caminaba muy despacio sobre su jumento, y de cuando en cuando empinaba la bota con tanto gusto que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Más adelante, en el encuentro con los cabreros, Sancho callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque que, porque se enfriase el vino, le tenía colgado de un alcornoque.

Otra ocasión memorable en la cual se pone de manifiesto el conocimiento que sobre los diferentes vinos demuestra poseer Sancho es la que le proporciona el encuentro con otro escudero llamado el del Bosque (II, cap.XIII), quien  declara traer fiambreras y esta bota colgada del arzón de la silla, por sí o por no, y es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos y abrazos. Sancho Panza, que escucha estas razones con natural interés, así como el del Bosque le pasó la bota y se la puso en las manos, empinándola, puesta en la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y en acabando de beber dejó caer la cabeza a un lado, y dando un gran suspiro dijo: -¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico! averiguando, a continuación, tal y como le explicó al del Bosque,  que el vino era de Ciudad Real. Presumía Sancho, sin complejos, de tener tan gran instinto en esto de conocer vinos, que, en dándome a oler cualquiera, acierto patria, el linaje, el sabor y las vueltas que ha de dar…

No es de extrañar por cuanto antecede que Don Quijote, entre los muchos consejos que le dio a Sancho Panza con ocasión de ser nombrado gobernador de la ínsula Barataria, incluyera algunos referidos al vino y el uso recto que del mismo conviene hacer, cuando recomendándole un consumo moderado del mismo, le dice: sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado, ni guarda secreto ni cumple palabra.

Como es sabido, no era costumbre de los caballeros andantes el beber vino, siguiendo las estrictas leyes de caballería, y no consta que Don Quijote contraviniera dicha costumbre, siendo como fue riguroso con sus obligaciones y compromisos; no obstante, podemos encontrarnos cómo en su primera salida y a la llegada a la venta en la que entró como Alonso Quijano y salió armado caballero por el ventero en la forma de  Don Quijote, éste es ayudado a beber por medio de una pajita por la que le daban el vino las mozas que allí servían, sin quitarle el casco de su armadura, que se le había atascado y resultaba imposible de soltar (I, cap. II), antes de que el susodicho casco adoptara la forma de bacina de barbero, tomándola Don Quijote por el mismísimo yelmo de Membrino.

Otras ocasiones célebres fueron, al menos, la de la Cueva de Montesinos en la que se encontró con la reina Ginebra y su dueña Quintañona, escanciando el vino a Lanzarote, o  la de la aventura de los odres o pellejos de vino(I.-cap.XXXV) que don Quijote ensartó sin ningún miramiento creyéndolos desaforados gigantes y, además, enemigos. El rojo líquido que para la imaginación enfermiza del hidalgo metido a caballero andante era sangre espesa de los descomunales monstruos que se la tenían jurada, debió dejar para los restos un olor imborrable  a tintorro en la venta del mencionado suceso, lo que bastaría -al día de hoy y de haber sido tan cierta como bien contada la aventura- para identificar sin ningún género de duda el lugar exacto del acontecimiento.

Pero también se hace ostensible la habilidad de las gentes manchegas para conocer la calidad de los caldos de la tierra, como se pone de manifiesto en la historia de los catadores que disputaban cuál de ambos era mejor y más acertado en el diagnóstico de la calidad de los vinos y a los que dieron a probar el vino de una misma cuba y, el uno con la punta de la lengua, y el otro sólo oliéndolo, dijeron que tenía sabor a hierro, el uno, y que sabía a cordobán, el otro.

Limpiaron la cuba al terminar el vino y encontraron en ella una pequeña llave pendiente de una correa de cordobán.


Sancho Panza sentado junto a su
esposa Teresa, y una barrica

La inspirada obra cervantina, como vemos, no ha obviado la realidad cultural del vino enraizada en los orígenes de las costumbres sociales humanas ni siquiera cuando la sociedad renacentista se debatía entre cuestiones muy serias buscando los nuevos pilares en los que sustentar el mundo. Por ello es el vino, igual que la sana locura, el que corre por los caminos mágicos de la topografía del Quijote y se alza a las copas de los hacendados y nobles o llena las botas de escuderos u odres de venteros en las encrucijadas de los caminos reales.

No hay consejo bueno o malo; pero sí bueno o mal uso de los consejos. Llegados aquí y a la altura de este verano, no será descabellada la idea de tomar un buen vaso de vino tinto, la tarde por montera,  abrir por la primera página el Quijote y dejarse llevar leyendo, desocupado lector, el primer capítulo que célebremente comienza diciendo En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

Sea.

 

Julio González Alonso

 

 

 

 



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