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  Poesía, Literatura y Arte
Edición nº8

LOS OLVIDADOS. Nazim Hikmet
Autor: Amparo Guillen  |  Publicado en: Septiembre de 2008

NAZIM HIKMET
1902 - 1963


Nazim Hikmet

«Era un hombre alto, bien puesto, rubio, de azules ojos y piel rojiza, como un inglés. En lo de turco, más parecía serlo Jorge Amado —y así lo decíamos en broma sus amigos cuando ambos estaban juntos— que aquel gran cantor de Turquía —nieto de un pachá— que muere sin haber visto a su patria.
Sin conocer palabra de su idioma, nos deleitaba y suspendía el escucharle los poemas. Eran como canciones extremadamente musicales, cuyo ritmo había tomado el poeta de la cantera popular en su país.
¡Pobre poeta! Como Nesval , el gran checo, lo traicionó el “miocardio inocente” de nuestro Rubén [Darío]. Su vida fue un ejemplo puro de humanidad y lirismo soldados firmemente, como él veía el contenido y la forma en la escritura; de acción y pasión. Quince años le tuvo el turco reaccionario en una cárcel, y allí enfermó para no curar nunca. De eso ha muerto, y del dolor de amar mucho a los suyos, a su pueblo, y de cantarlos, sin poderlos redimir».

Nicolás Guillén


Nos estamos fabricando olvidos a base de negocio editorial.
Ya no tenemos excusas para no recordar, para no mirar lo que fuimos. Nadie nos lo prohíbe, excepto la universal pereza intelectual.
Me remonto a una edición de 1975, de tapas desgastadas y decoloradas.
Y no hay más.

Nazim Hikmet fue un poeta que no vino a bordar.
No hizo concesiones de ningún tipo ni a su tiempo, ni a sí mismo; porque como él mismo decía: no hay que hacer concesiones en las cosas esenciales.


En los trece años que Hikmet
permanece encarcelado, su poesía
adquiere un tono más tranquilo,
más sereno. Pero físicamente,
el poeta está quebrantado.

Cuando contaba con 17 años, los ingleses tuvieron el dudoso honor de ser sus  primeros perseguidores, y lo hacían no sólo por sus actividades como miembro del  partido nacionalista, sino también por sus poemas, impregnados ya de esa vibración y emotividad que le harían mundialmente famoso.
La mitad de mi corazón está aquí, doctor,
Pero la otra mitad se encuentra en China,
En el ejército que baja hacia el río Amarillo.
Cada mañana,
Cada mañana con el alba,
Mi corazón es fusilado en Grecia.
Y cuando el sueño rinde a los presos,
Cuando se alejan de la enfermería los pasos últimos,
Mi corazón se va, doctor,
Se va hacia una vieja casa de madera, allá en Estambul.
Además, doctor, hace más de diez años
Que no tengo nada en mis manos
Para ofrecer a mis hermanos;
Tan sólo una manzana,
Una roja manzana: mi corazón.
Por todas estas cosas, doctor,
Y no por culpa de la arteriosclerosis,
Ni de la nicotina, ni de la cárcel,
Tengo esta angina de pecho.
Desde mi cama
Contemplo la noche tras de los barrotes.
Y a pesar de todos estos muros
Que me aplastan el pecho,
Mi corazón palpita con la estrella más remota.


nazim hikmet posa al otro lado de los barrotes
de su celda en la cárcel-fortaleza de Brusa

A los 19 años atravesaba la frontera de Turquía  con Rusia, camino de Moscú. Este muchacho que  andando el tiempo, llegaría a ser uno de los más grandes poetas de nuestro siglo, y aquel viaje decisivo para su vida y su obra.
En Rusia, Nazin Hikmet traba conocimiento con los grandes poetas revolucionarios de la época: maiakovski, Essenin, Bragritski, etc. También entonces, el poeta conoce verdaderamente al pueblo, como él mismo dice:
“nieto de un “pachá” nací en una familia pudiente. Por lo tanto, siendo aún pequeño había hecho muchos viajes por Anatolia, pero en soberbias carrozas arrastradas por cuatro o seis caballos, con cocheros y sirvientes... Creía conocer mi tierra natal; pero sólo después, caminando, pude enterarme de cómo vivía realmente mi pueblo. Vi a los heridos de guerra tirados a lo largo de los caminos, comprobé el hambre, la enfermedades, las miserias sin fin de mi gente. Y las sufrí yo mismo...”
Cuendo Hikmet vuelve a su patria en 1924, no sólo había enriquecido su bagaje cultural y humano, sino también el político.
Luchador infatigable por su clase (por la clase que él había elegido), sufrió un sin fin de calamidades por ella.
“Uno no puede hartarse del mundo.”

El siglo XX


"Duro oficio el exilio", de Nazim
Hikmet. Los Libros De La Frontera
traducción de Alfredo Varela.
Barcelona, 1976

"Dormirse ahora,
Y despertar dentro de cien años, amor mío..."
"No.
No soy un desertor,
Mi siglo no me asusta:
Mi siglo miserable, escandaloso,
Mi siglo valeroso, grande, heroico.
No me ha pesado nunca
Haber venido demasiado pronto al mundo.
Al siglo veinte pertenezco, y me llena de orgullo.
Me basta con estar ahí donde estoy,
Entre vosotros. Y con luchar
Por un mundo nuevo..."
"Dentro de cien años, amor mío..."
"- No. Porque pronto y a pesar de todo,
Mi siglo moribundo y renaciente,
Mi siglo cuyos días finales serán bellos,
Mi terrible noche desgarrada por gritos de amanecer,
Mi siglo estallará de sol, como tus ojos, amor mío".

Pese a que Atatürk, padre de la independencia turca, se había convertido en un gran admirador suyo, al año escaso de su regreso debe huir de nuevo a la Unión Soviética.
Pero Hikmet no se detiene en su exilio y  regresa a su patria en 1928. Entonces  ya era otro hombre, superadas las tentativas de todo poeta que busca su verdadero camino. Nos dice:
“Comprendí que el poeta debe responder a todos los sentimientos del lector: Yo digo: si está enamorado, que me lea; y también si se siente abandonado y quiere consolarse, si está enfermo o lo habita la esperanza... Que me lea cualquiere que sea su estado de ánimo y su situación. Y si quiere alegrarse con mis canciones, que las aprenda y las cante...”
Se inicia un período de fecundo trabajo. No sólo escribe poesía, sino también novelas, piezas de teatro, incluso guiones cinematográficos. Trabaja en los periódicos...
Su poesía sigue depurándose sin cesar, extrayendo de la inspiración popular una gracia propia y ahondando en los recursos del folklore que su país le ofrecía.
El cancionés es el término que utiliza Hikmet para designar al  idioma oficial de toda la humanidad:
“... Y están nuestras canciones escritas en la tierra,
no en ruso ni en francés, tampoco en turco,
sino en cancionés.”


Louis Aragon, poeta y novelista francés,
forma con otros intelectuales occidentales
el Comité Pro-Liberación de Nazin Hikmet

Atreverse a usar  ciertas formas de expresión en desuso y actualizarlas es a mi entender, una de las misiones de un poeta del pueblo.   Con los ingredientes que Hikmet va adquiriendo a fuerza de mundo real,  escribe poesía hecha de calor humano, en la que los llamamientos a la justicia  y a la revuelta contra la opresión tienen el sabor de la vida misma.
Hikmet es ya el poeta de su pueblo, pues sabe expresar su sufrimiento y su tristeza a través de un lenguaje propio y al mismo tiempo universal.
Con la subida al poder de Ismet Inönü, tras la muerte de Atatürk, la situación se hace difícil, más si cabe, para Hikmet. En 1938 es juzgado por un tribunal militar que le condena a veintiocho años de prisión. Trece años después, uno de los jueces declaró públicamente que el poeta había sido condenado ilegalmente, ya que se le aplicó una ley inexistente en aquella época. Encarcelado primero en un viejo acorazado anclado en mitad del Bósforo y luego en la cárcel-fortaleza de Brusa, próxima a la costa del mar de Mármara, Hikmet sigue forjando, verso a verso, su obra, recia y auténtica.
Hasan Gureh, uno de sus más destacados estudiosos, nos dice:
“Es cierto que el campesino turco todavía es demasiado ignorante para conocer al poeta cuya vida está a su servicio y que no cesa de cantar su miseria y su sed de justicia. Los Memeth, los Yunus, los Yusuf, de quienes él escribe la historia y que viven en una prisión más negra que la suya, todavía no pueden permitirse el lujo de tener un poeta. Falta que la República, nacida de su sudor y su sangre, se decida a enseñarles a leer.”
En los trece años que Hikmet permanece encarcelado, su poesía adquiere un tono más tranquilo, más sereno.
“Regresé del cautiverio
De la torre
Que tiene mi enemigo
En mi propio país.”


Tristán Tzara, es el seudónimo
del poeta y ensayista Samuel
Rosenstock, presidió el Comité
Pro-Liberación de Nazin Hikmet

Louis Aragon, que ya en 1934 había presentado la obra de Hikmet al público francés, forma con otros intelectuales occidentales el Comité Pro-Liberación de Nazin Hikmet, presidido por Tristán Tzara. Una campaña de dimensión mundial se pone en movimiento y logra que las puertas de la cárcel de Brusa se abran el 14 de julio de 1950 para el poeta.
Pero su puesta en libertad es una victoria pírrica.
Pablo Neruda nos dice:
“Cerca de quince años lo tuvieron encarcelado por unos versos escritos en su juventud. Solo una huelga de hambre de muchos días y los reclamos del mundo entero le dieron la libertad.
Me cuenta que aún ahora después de dos años de vivir en el mundo libre no adquiere aún las nociones de la llave y de la luz eléctrica.
Se le olvidan las llaves porque durante quince años otros abrieron y cerraron su celda.
Se olvida de apagar la luz en la noche, al acostarse, porque durante quince años durmió bajo una ampolleta encendida.
Es el más alegre de los hombres.»
En julio de 1951 Nazim Hikmet consigue salir de Turquía y a  partir de entonces, hasta la fecha de su muerte, reside en una “dacha”, cerca de Moscú.
En estos años, lejos de su pueblo, de su patria, de sus seres más queridos, Hikmet escribe los poemas más estremecedores de toda  su obra.
Leyendo la poesía conversacional, epistolar... encontramos su verdadero sufrimiento a la vez que su esperanza: nunca encontró la desesperanza.
Aquí, bajo estas líneas, dejo la estremecedora  carta última a Memeth, su hijo:
Por una parte, los verdugos,
Como un muro nos separan.
Y además este cochino corazón
Me ha hecho una malvada jugarreta.
Mi niño, mi Memeth,
Quizá las suerte
No me permita volver a verte.
Lo sé,
Tu serás un muchacho
A la espiga de trigo parecido.
Cuando joven,
Yo también era así.
De elevada estatura, rubio, esbelto.
Vastos serán tus ojos como los de tu madre,
Con un rastro de pena amarga a veces.
Tendrás la frente inmensamente clara
Y una voz muy hermosa.
Atroz era la mía.
Cuando cantes
habrás de desgarrar los corazones,
y sabrás conversar brillantemente,
yo también fui un maestro en la materia,
cuando no me irritaban.
¡Ah, Memeth,
qué verdugo serás
de corazones!
No es fácil educar a un hijo sin su padre,
No apenes a tu madre.
Yo no he podido darle la alegría.
Que la tenga de ti.
Tu madre,
Como la seda fuerte, suave como la seda.
Tu madre,
Será bella aún a la misma edad de la abuelas,
Como aquel primer año en la vi,
Cuando tenía diecisiete años
A orillas de Bósforo.
Una mañana, como de costumbre
Nos separamos ¡hasta luego!
Era para no vernos nunca más.
Contar los días es difícil,
Y uno no puede hartarse del mundo,
Memeth,
Uno no puede hartarse.
No vivas en la tierra
Como un inquilino,
Ni en la naturaleza como un turista.
Vive en esta mundo
Como si fuera la casa de tu padre.
Cree en los granos, en la tierra, en el mar,
Pero ante todo en el hombre.
Ama la nube, la máquina y el  libro,
Pero ante todo, ama al hombre.
Siente la tristeza
De la rama que se seca,
Del planeta que se extingue,
Del animal inválido.
Pero siente ante todo la tristeza del hombre.
Memeth, yo moriré tal vez
Muy lejos de mi idioma,
Lejos de mis canciones,
Muy lejos de mi sal y de mi pan,
Con la nostalgia de tu madre y de ti,
Y de mi pueblo y de mis camaradas.
En el exilio pero no en el extranjero.


Nazim Hikmet en su celda, 1946

El 3 de junio de 1963, en su dacha de Moscú, moría Nazim Hikmet, tal como siempre vivió: DE PIE.
Definitivamente, este es uno de los poetas que no había venido a bordar.
Pablo Neruda, en unas palabras que me llegan a emocionar dijo:
El pueblo turco sabe de memoria sus versos, pero su nombre no puede publicarse en Turquía.
¡Qué destino éste!
Ir volviéndose tierra, polvo inmóvil...
Una nostalgia amarga, una humareda negra.
¡Qué destino éste!
Una tristeza semejante
Tan triste, mi amor,
Sólo yo la conozco.






Vida en Imagenes de Nazim Hikmet y su voz recitando.



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