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Edición nº4

Historia del alfabeto y la escritura
Autor: Agustín Calvo  |  Publicado en: Abril de 2008

UNA APROXIMACIÓN AL ORIGEN DEL ALFABETO

Y LA HISTORIA DE LA ESCRITURA EN OCCIDENTE

 

HERRAMIENTA DE LOS DIOSES

Cuando los griegos de la antigüedad identificaron a su dios Hermes con el egipcio Tot no sólo realizaron un acto de fe, de asimilación y apropiación cultural, también convinieron, al igual que hicieron los pueblos semitas del Próximo Oriente, en el origen divino de la grafía. Y fue ese convencimiento, esa dimensión religiosa, lo que convirtió a la palabra escrita, desde los albores del mundo occidental hasta nuestros días, en el símbolo más destacado de nuestra cultura.

Al dios Tot le adjudicaron los egipcios la invención de la escritura; también conocido como dios de la luna, medidor del tiempo, escriba de los dioses, señor de la magia y la sabiduría, era representado como un hombre con cabeza de ibis, o como un mandril con cabeza de perro, y participaba en el juicio de los muertos. Su título era el grandísimo. Pero no fueron los egipcios los primeros en utilizar la escritura y devenir el primer pueblo de la antigüedad en entrar en la Historia. Esa gloria les pertenece a los sumerios, un pueblo de la Mesopotamia meridional del que se desconoce casi todo, salvo que creó la primera escritura desarrollada. Los primeros signos que podemos identificar como escritura eran incisiones realizadas con estiletes de caña o hueso sobre tablillas de arcilla; es decir, lo que los historiadores llaman protocuneiforme, representación ideográfica en sus inicios, y que en pocos siglos se convertiría en una escritura más propiamente fonética, el cuneiforme (palabra latina que define gráficamente dicha escritura por su semblanza a las cuñas o ranuras­) forma escrita que utilizarían la mayoría de los pueblos posteriores de Mesopotamia, Siria, Palestina, Asia Menor y Persia.

Sin embargo, serían los egipcios los inventores del papiro (lámina obtenida del tallo de una planta herbácea muy abundante a orillas del Nilo), precedente del pergamino y del posterior papel, soporte en el que hemos de ver nuestras propias raíces, y no tanto en las tablillas de cerámica de los pueblos de Mesopotamia y el Próximo Oriente. Los egipcios de la antigüedad escribían con una pequeña caña puntiaguda, mojada en algo muy parecido a la tinta (preparada con agua, goma y pigmentos vegetales). A su vez, dichos utensilios formaban parte de la iconografía del dios Tot.

A partir de un tipo de escritura emblemática de época predinástica,  que debía ser interpretada más que leída, pues carecía de contenido semántico y sintáctico, y que únicamente se utilizaba para ilustrar acontecimientos históricos o míticos, se fue desarrollando el tipo de escritura jeroglífica. Las inscripciones en las paredes de los monumentos, templos y tumbas, eran grabadas o pintadas; en estos casos la preocupación por la forma del dibujo era muy grande, mientras que si se escribía sobre papiro no se respetaba esa minuciosidad del dibujo. Y de esta manera fue adquiriendo fuerza un tipo de escritura más popular, más sencilla, llamada primero cursiva y finalmente demótica. El célebre Champollion encontró en la piedra Rosseta tres tipos de escritura, dos egipcias, la jeroglífica y la demótica, y una tercera que era la traducción al griego del texto egipcio; lo que le permitió, por primera vez en la historia moderna, traducir y no interpretar, como hasta él se venía haciendo, los signos jeroglíficos.

El escriba egipcio no sólo era un funcionario del Estado o un miembro de algún estamento religioso, era también un artesano, debía reproducir fidedignamente, por el sistema jeroglífico, el modelo gráfico ideogramático y fonético. Porque la escritura jeroglífica es a la vez fonética e ideográfica, es decir que un mismo dibujo puede designar a un sonido así como lo que representa. La invención de la escritura demótica, ya completamente fonética, desligó a la escritura de su vertiente artesana (en algunas ocasiones hasta artística). Dicha desunión aparente perdurará en occidente hasta nuestros días.

En la tradición oriental, en cambio, el sistema ideográfico ha perdurado hasta nuestros días en culturas como la china y la japonesa, lo que ha permitido que su escritura contenga, de forma prácticamente indivisible, el nivel lingüístico y el artístico en diferentes grados de complejidad. En la cultura árabe la prohibición de la representación, de la imagen corporal y de la iconografía (tanto de la religiosa como de la laica) hizo posible que la atención de los artistas y artesanos tuviera como objetivo la grafía. Fenómeno éste que también se dio, aunque en menor medida, en otras culturas semíticas como la hebrea.

 

EL NACIMIENTO DEL ALFABETO

En la última mitad del segundo milenio antes de Cristo, los pueblos semíticos que vivían en Siria y Palestina, que hasta entonces había utilizado la escritura cuneiforme, y que mantenían un contacto comercial cada vez mayor con Egipto, hicieron los primeros intentos de adoptar la escritura demótica egipcia, reduciéndola a una forma de silabario, abandonando los ideogramas y otras formas complejas de la tradición egipcia. Se trataba del primer paso hacia una escritura alfabética. Los signos jeroglíficos, al igual que los signos cuneiformes, representaban sonidos o palabras completas, pero nunca letras.

Debido al desarrollo de las comunicaciones y a las necesidades comerciales, los pueblos semitas necesitaban un sistema de transcripción que facilitara el intercambio de información y que pudiera ser aplicado a todas las lenguas habladas en el Próximo Oriente. La primera tentativa de escritura alfabética de la que tenemos noticia fue la utilizada por pueblos llamados “asiáticos” por los propios egipcios, asentados en la península del Sinaí, en torno al 1800 a.C. emplearon para escribir unos treinta signos derivados de los jeroglíficos. Sin embargo, sería en ciudades como Biblos y otras de la costa palestina, habitadas por pueblos semitas que posteriormente se llamaron fenicios, donde se comenzó a forjar un verdadero alfabeto.

Durante el mismo periodo, en la ciudad siria de Ugarit ya se había comenzado a utilizar también un sistema alfabético, en este caso derivado de los signos cuneiformes. En dicha ciudad, centro comercial de primer orden en su época, paso obligado de las caravanas entre Mesopotamia, Anatolia y el Mediterráneo, se escribía en todas las lenguas del momento: hitita, sumerio, acadio, hurrita y ugarítico; por lo que se hacía perentorio algún tipo de escritura simplificada que facilitara las transacciones a los comerciantes de la ciudad y también a los que estaban de paso. Así nació el sistema alfabético ugarítico, que utilizaba treinta signos cuneiformes y que podía ser usado por todos los pueblos del Próximo Oriente para su entendimiento mutuo.

En definitiva, el alfabeto semítico antiguo de la costa palestina constaba de veintidós letras, simplificación y racionalización de los sistemas ugaríticos y demótico y proto-sinaítico, adaptado a su propio idioma. Nos encontramos, en torno al siglo XI a.C., ante el nacimiento del alfabeto fenicio y, muy poco después, del cananeo, del arameo y del hebreo.

La evolución desde el egipcio jeroglífico, pasando por el demótico y el proto-sinaítico hasta llegar al fenicio, la podemos seguir muy fácilmente a través del que se convertiría en primera letra del alfabeto fenicio: el aleph. El toro jeroglífico (transcrito k3), simplificado en la grafía demótica en algo que podría recordar a una cabeza de mamífero con cuernos, se transforma en la primera letra del alfabeto fenicio, el aleph (toro en lenguas semitas), que pasa a designar no al animal sino al sonido inicial de la palabra, es decir: la vocal a. Del aleph a la alfa griega y, por último, a la letra “a” latina, sólo hay un pequeño giro en la cornamenta del toro.

En la Grecia arcaica se habían empleado escrituras ideográficas como la cretense, pero los griegos adaptaron, en torno al siglos IX a.C., el alfabeto fenicio a su propia lengua, utilizando unos signos propios para representar las vocales (las lenguas semitas, en general, sólo escriben las consonantes), lo que permitía que el texto escrito fuera aún más fiel a la forma hablada de la lengua y, por lo tanto, más fácil de leer. Los etruscos, en contacto constante con los griegos asentados en la Magna Grecia, al sur de la península Itálica, y en la isla de Sicilia, transformaron el alfabeto griego y lo transmitieron a los romanos en forma de alfabeto latino. Sería Roma, gracias a su imperio, quien difundiría el alfabeto a todo Occidente.

La invención del alfabeto supuso la gran revolución de la escritura, el gran paso adelante para las culturas de la antigüedad. Sobre su éxito sólo hemos de decir que el sistema alfabético pervive en nuestros días con una inmejorable salud.

 

 

HETERODOXIA Y RELIGIOSIDAD

Como hemos dicho con anterioridad, el dios griego Hermes (Mercurio en su forma latina) fue identificado con el Tot egipcio. Curiosamente de su nombre nacen dos palabras de significados aparentemente contrarios, hermético y hermenéutica. Hermes, hijo de Zeus, mensajero o heraldo de los dioses, representado con el caduceo (bastón con dos serpientes entrelazadas, símbolo de la prosperidad y del comercio)  con alas en los pies y en el casco, dios de la elocuencia y la astucia, inventor de la palabra escrita y de las lenguas, conductor de las almas al infierno y, al igual que su homólogo egipcio, también era uno de los participantes en el juicio de los muertos.

Si Tot era el grandísimo, Hermes se convierte en el tres veces grande, Hermes Trimegistos, considerado el autor de los textos herméticos, compendio de esoterismo filosófico y creencias ocultistas de la antigüedad, precedente magnífico de la cábala hebrea y de la alquimia medieval.

Hermes era considerado, a su vez, el creador o inspirador de la hermenéutica o ciencia de la interpretación y comprensión de los textos religiosos y/o difíciles. Estas formas de religiosidad y sus derivaciones en la filosofía de época helenística fueron una de las raíces de las heterodoxias posteriores, tanto a nivel religioso como artístico, puesto que permitieron continuar uniendo la grafía escrita al hecho sagrado, en el que las formas artísticas venían a complementar y dar realce, y podían tanto facilitar la comunicación como dificultarla, puesto que se dotaba a las letras de valores simbólicos, terrenos éste siempre abonado para el desarrollo de la creatividad  y la imaginación.

Por otra parte, el carácter sagrado de la escritura pervivió también bajo el advenimiento del cristianismo. Si se consideraba a Dios inspirador de los textos sagrados, cuando no autor inmaterial, sus palabras debían ser igualmente veneradas como si de la divinidad misma se tratara (herencia semítica). Ese carácter sacro de la lengua ha pervivido en Occidente en dos idiomas muertos, el latín y el griego clásico de los evangelios. Ambos han continuado usándose hasta prácticamente nuestros días como idiomas de liturgia y consagración, dentro del catolicismo y de las variantes ortodoxas del cristianismo, manteniendo la sacralización de la palabra, así como dando a los rituales cristianos un envoltorio fonético y simbólico mistérico y sobrehumano.

El arte románico y el gótico tuvieron su reflejo en la decoración de las escrituras sagradas. Los monjes medievales se dedicaron a adornar profusamente las escrituras que copiaban, introduciendo el arte miniaturista, forma de ilustración de los episodios narrados, así como desarrollando tipos de grafías artísticas, que hicieran agradables a los ojos las escrituras sagradas en lenguas que los creyentes ya hacía tiempo que habían dejado de hablar y de entender, en la mayoría de los casos.

El protestantismo de Lutero, (recordemos que él fue el primer traductor de la Biblia al alemán), rompió, por primera vez en el Occidente cristiano, la percepción lingüística de lo sagrado, trasladando la sacralidad de la palabra escrita en una lengua ininteligible para el pueblo, al objeto mismo que la contenía: el libro, la Biblia. De tal manera que la letra escrita, gracias también a la incipiente imprenta, se usaba como vehículo práctico y no artístico, pues a las religiones reformadas les interesaba el entendimiento intrínseco de las escrituras, más que sus vertientes mistéricas y ocultistas. Por lo que adornos y aditamentos sólo podían dificultar la comprensión de las escrituras, cuando no desviar la atención del creyente hacia aspectos considerados como superfluos, y evitar el vínculo intimista y directo entre la persona y la divinidad.

HACIA EL PAPEL Y LA IMPRENTA

Del escriba egipcio al amanuense de los monasterios medievales, pasando por los esclavos ilustrados que copiaban manuscritos en la antigua Roma, la evolución de los materiales y técnicas utilizados para la escritura fue mínima durante siglos; uno de los cambios significativos resultó ser el paso del papiro al pergamino (transformación definitiva hacia el códice, precedente de los libros, realizado a base de cuero muy fino y sin curtir). Los libros en vitela o pergamino sustituyeron a los rollos de papiro clásicos. En cuanto a los utensilios para la escritura, la pluma de ave hizo su aparición en torno al siglo VI d. C. y muy pronto se convirtió en la principal herramienta de escritura, desplazando definitivamente a las hojas de caña y a los pinceles.

De igual manera, la lengua escrita y la literatura seguían siendo patrimonio de una élite al servicio de la iglesia o de los distintos poderes civiles y militares. El desarrollo del comercio y de las comunicaciones durante la baja Edad Media y, después, en época moderna con el contacto de Occidente con otras culturas, trajo consigo cambios sustanciales y nuevos sujetos interesados en la comunicación y, por lo tanto, en la escritura.

Dos invenciones vendrían a transformar el panorama de la escritura occidental, por un lado el papel y por otro la imprenta. Las dos, con orígenes en el Extremo Oriente, fueron traídas a Europa, donde se adaptaron y transformaron definitivamente. El papel ya había llegado al continente europeo en el siglo VIII, a través de los árabes establecidos en la Península Ibérica; pero sería reintroducido y popularizado a partir del siglo XIII gracias a los comerciantes italianos. Parece que los chinos, en torno al siglo III a.C., ya usaban un tipo de papel realizado a partir de cierto número de plantas (morera, fibras de bambú, etc.) y fueron ellos quienes lo comenzaron a exportar al Japón, la India y a los pueblos árabes.

El nacimiento de la imprenta exigía técnicamente tres elementos básicos, el papel (por su bajo coste, su carácter liso y su gran resistencia), las tintas o colorantes de secado rápido y, por último, cualquier superficie que contuviera la imagen que se quisiera imprimir. Los precedentes más antiguos de esta técnica se remontan a los sellos en piedra que usaron numerosos pueblos de la antigüedad como sustituto de la firma o nombre y como símbolo religioso, especie de tampones para imprimir sobre arcilla, o piedras con dibujos tallados o grabados en la superficie. La piedra se coloreaba con pigmentos o barro y se prensaba contra una superficie elástica y dúctil para conseguir la impresión.

Los primeros ejemplos conocidos de impresión en China se produjeron a base de tipos móviles y cubos de madera, en cuyos extremos habían sido tallados los ideogramas propios de la escritura china. El procedimiento de la imprenta en Europa se comenzó a usar a mediados del siglo XV, y se trataba de una simple impresión sobre papel gracias a una prensa. En el valle del Rin surgieron los primeros impresores occidentales, quienes desarrollaron una técnica de fundición de tipos móviles de gran precisión. Utilizaban prensas mecánicas de madera, cuyo diseño recordaba al de las prensas de vino. El desarrollo de un método que permitiera la inclusión de letras con dimensiones y características precisas constituye la contribución principal del invento occidental: se trata del nacimiento de las tipografías.

Sería Johann Gutenberg, natural de Maguncia (Alemania), quien se ganaría la fama de inventor de la imprenta en Occidente. Aunque algunos historiadores holandeses y franceses han atribuido este invento a artesanos de sus respectivos países, lo cierto es que en 1450 Gutenberg imprime en Maguncia su primera Biblia, sobrepasando en belleza y maestría a cualquier libro de los que supuestamente le precedieron. El gran logro del alemán contribuyó a la aceptación del libro impreso como sustituto del manuscrito y permitió la difusión cada vez mayor de materiales escritos. Las reformas religiosas posteriores y las guerras de religión que implicaron, dependieron en gran medida de la imprenta y del flujo continuo de impresos.

ÁMBITO PÚBLICO Y PRIVADO

Sería en el siglo XIX cuando las técnicas de impresión y los útiles para la escritura dieran otro gran salto adelante. Con la implantación cada vez mayor de la enseñanza pública gratuita se hacía necesario métodos de escritura baratos y fáciles de usar. Primero la pluma con punta de acero vino a sustituir a las plumas de ave (que tenían que ir recortándose para que mantuvieran una punta afilada), poco después se hizo necesario acortar el tiempo de humectación de la pluma, eliminando salpicaduras y manchas, así como mejorando la claridad de la escritura con nuevas tintas. A finales del siglo XIX aparecerían las primeras plumas estilográficas, que contenían un pequeño depósito de tinta recargable y que permitió superar las molestias del tintero.

Por otro lado, la imprenta y los procedimientos de impresión fueron perfeccionándose, haciéndose hincapié en la velocidad y en la capacidad de producción, lo que convirtió al libro en uno de los símbolos con más difusión de la cultura occidental. Las innovaciones instrumentales condujeron a la mecanización del arte de la impresión.

Uno de los pasos fundamentales fue el reemplazo de la plancha prensadora del papel, por un cilindro que lo oprime sobre el molde entintado. El uso del cilindro permitió regular la presión del papel sobre el molde y aumentar la calidad de la impresión. El diario londinense The Times se imprimió a partir de 1814 siguiendo este sistema. También durante el siglo XIX se desarrolló el arte de la tipografía y se crearon algunas de las tipologías más conocidas, que aún hoy se siguen usando.

La alfabetización fue creciendo y el número cada vez mayor de personas que sabían leer y escribir, así como el desarrollo de los utensilios para escribir (no olvidemos la gran importancia que tuvo la aparición y popularización de la máquina de escribir) y de la mecanización de la impresión, hizo posible que se pudieran distinguir dos ámbitos en la escritura occidental: El público, representado por todo lo que se imprimía con función informativa, divulgativa,  administrativa o mercantil; y el privado, identificado con todo lo que fuera manuscrito y de uso personal. El Romanticismo había destacado al yo como un sujeto literario, e impulsó el desarrollo de la correspondencia privada. Por otro lado, la firma manuscrita pasó a tener un valor representativo y se convirtió en una forma de identificación individual, a la que instituciones y organismos públicos dieron valor legal, punto de unión entre los ámbitos público y privado de la escritura manuscrita.

 

DEL BOLÍGRAFO A LA ESCRITURA ELECTRÓNICA

El último gran invento entre los utensilios para la escritura manuscrita fue el bolígrafo. Ya en el siglo XIX se habían realizado algunos intentos de fabricación de una pluma que tuviera un rodamiento en su punta. Pero sería el inventor húngaro, establecido en Argentina, Ladislao Biró quien patentara en 1938 el invento. El bolígrafo tenía numerosas ventajas frente a la pluma estilográfica: la tinta era impermeable, podía escribir sobre superficies muy diferentes y se podía mantener sobre cualquier posición durante la escritura. El secreto del invento consistía en que la tinta se mantuviera líquida en el cartucho pero se secara rápidamente sobre el papel. En 1944 Biró vendió la patente a industriales norteamericanos y europeos, entre los que se encontraba el francés Marcel Bich, célebre fabricante de los bolígrafos Bic.

En sus comienzos la principal dificultad de este invento fue abaratar su precio. En 1945 la fuerza aérea de Estados Unidos, ante la necesidad de utilizar un nuevo tipo de instrumento de escritura que pudiera ser usado a grandes alturas y en cualquier posición sin que se derramara la tinta, encargó a Biró 20.000 unidades de su invento. Sin embargo, sería Bich quien popularizara el bolígrafo abaratando al máximo el coste de producción tras la Segunda Guerra Mundial, en una Europa en ruinas pero hambrienta de cultura escrita.

La última innovación en el mundo de la escritura, tanto en el ámbito de la impresión como en el de la escritura manuscrita, ha venido de manos de la informática. Los sistemas informáticos actuales permiten su utilización como máquinas de oficina que pueden producir imágenes listas para impresión, reduciendo el tiempo y los costes de los principales procesos de imprenta. El ordenador se usa de forma habitual para crear dibujos, definir tipografías, digitalizar y retocar imágenes y fundir todo estos elementos en un único trozo de película o directamente sobre la plancha de imprimir.

CONCLUSIÓN

La desacralización definitiva de la escritura se ha producido paralelamente a la alfabetización masiva de la población, a la popularización del libro, de la prensa diaria y, como no, de Internet. En el ámbito público, la grafía impresa ha pasado a ser uno de los iconos más representativos y populares de las sociedades contemporáneas y sus diferentes formas de comunicación. En el ámbito privado, aquella escritura que los dioses de la antigüedad crearon para comunicarse mejor con los mortales, se ha convertido, en nuestros días, en el sistema de expresión de la individualidad. La escritura manuscrita hace de cada hombre o mujer un ser individual, le convierte en su propio dios.

  

AGUSTÍN CALVO GALÁN

Licenciado en Geografía e Historia.

Especialista en Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología.

Poeta multidisciplinar.

Breve bibliografía:

-         Arnheim, Cf. R., El pensamiento visual, Barcelona, Ed. Paidós, 1986.

-         Aubet, M.E., Tiro y las colonias fenicias de occidente,  ed. Bellaterra 1987.

-         Barthes, Roland, El grado cero de la escritura, Buenos Aires, Ed. Siglo XXI. 1973.

-         Cózar, Rafael de, Poesía e imagen, Sevilla, Ed. El carro de la nieve, 1991.

-         Gaur, A, Historia de la escritura, Madrid, Ed. Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1990.

-         Gelb, J.J., Historia de la escritura, Madrid, Ed. Alianza, 1976.

-         Lara Peinado, F., Así vivían en Babilonia, Ed. Anaya, 2000.

-         Padró, Josep, Historia del Egipto faraónico, Ed. Alianza, 1999.



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