LA PALABRA EROSIONADA O ENSAYO SOBRE LA LIBERTAD.

Autor: Ana García

Los escritores debiéramos ser castigados —y me temo que lo somos ya— por los dioses. Una y otra vez nos empeñamos en alcanzar no sabemos qué. Nada más contradictorio y menos sensato que esa cofradía. Nos empeñamos en aparecer ante el público vestidos con una túnica antigua y remendada mil veces.

Ahora que oigo decir que los libros son un pésimo vehículo para la comunicación, sé perfectamente que el poema resulta por lo menos trasnochado, viejísimo y perverso.

Los personajes públicos debieran prohibir la poesía. Sin ella, sin los poetas —esos seres inadaptados—, el mundo sería, probablemente, más útil, más económico, menos extraño y las personas serían más serias, más eficaces, más perfectas.

Pero estos personajes públicos han pecado de falta de decisión. Los poetas sobreviven. Algo queda menos claro: sobrevivo y soy una inadaptada.

En algún poema dejé escrito lo siguiente:

No sé si recobrar aquel silencio de otras tardes de almendros salpicados de flor. No, ahora escribiré sobre la poesía —aquella poesía— que viene y va como un abandonado péndulo de reloj de pared, agazapado en la niebla. Y en la flor de la mañana el cierzo soplará como un cabrón, mañana.

¡Sí, soy una superviviente inadaptada! Y pienso que el panorama y la evolución de la poesía, en este país, ha cambiado de signo desde los años 70 hasta la actualidad, aunque sigue siendo aquella aventura cuya presa final es la belleza de la palabra escrita.

Hasta quedarme en la Editorial Alaire y reunir en el foro los poemas y cuentos que voy publicando, he viajado en busca del perdido tiempo y de cada uno de los instantes que fueron impulso y dieron pie a la posterior redacción del poema o cuento, tarea compleja y no pocas veces confusa. Ocios de la juventud, los titulaban poetas del siglo XVIII. Hoy son mis coordenadas románticas, son la constante que observo en mis temas.

Me veo, por ejemplo, en aquellas horas de estudio, antes del fatigoso y obligatorio momento de costura con lecturas bíblicas en el colegio religioso al que asistí en mis primeros años. Me observo a mí misma evadiéndome en el cuento, ausente.

La adolescencia y los cuentos han sido, más que un tópico literario, una solución en mi vida. Lo fueron.

Me pregunto por qué empecé a escribir y qué razones me empujaron hasta llegar a los cuarenta y cinco —superada ya la edad de aquellos amores esproncedianos—, dedicada a la vergonzante tarea del cuento.

¿Y por qué vergonzante esta carga del poeta?

La poesía ha sido, es y será la otra vida libre, la más apasionante y arriesgada libertad del hombre en sus palabras.

Por lo general, abandonamos los primeros cuentos porque en ellos se corren casi todos los riesgos. En el continuo aprendizaje que es el poema, los errores no se justifican.

¿Cómo defender los primeros poemas? Pero ¿cómo desprenderse, a la vez, de un verso o de una imagen que creíamos justificada?

Supongo que mantener un texto o eliminarlo puede ser simplemente una cuestión de gusto personal. Y rechazar el cuento es suprimir una parte de la propia historia.

Las dudas de eliminación han detenido, muchas veces, la pluma censora.

Algunos de mis poemas fueron escritos como un personal signo de protesta. Poesía mal llamada social.

¿Y cómo no protestar entonces y ahora?

Escribir era ya un acto o la confirmación de mi rebeldía. Era lanzar o escupir palabras.

¿Contra quiénes?

Tal vez contra el lector inerme. Tal vez contra la poeta que vive dentro de mí.

En el juego que emprende el poeta para romper su soledad, el amor sigue siendo su primer y gran tema. No siempre amor quiere o viene a decir lo mismo, pero rompe el núcleo del yo y avanza hacia el nosotros.

Y en mi caso, las palabras, evitan tanto como dicen. Abrir ventanas no es nada sencillo. Y en esos poemas, además del amor, se puede descubrir el desencanto o el desengaño (según se prefiera) y, en consecuencia, la ironía.

Realismo, en mis cuentos, es la palabra mágica. Pero como tal magia es peligrosa. Mi poeta intenta descubrir las posibilidades de la realidad. No es nada nuevo. Pero la realidad es también contradictoria. Mojar las manos en la realidad es fácil, cómo meter las manos es lo difícil.

Las palabras me llegan terriblemente mancilladas, heridas de muerte. Esta lucha es difícil porque escapa del campo literario.

En algunos casos puedo decir que los malos poetas, los embaucadores de la palabra, los payasos-ilusionistas han atendido más a cómo hay que decir las cosas que a las cosas mismas.

Todo ha cambiado desde el siglo pasado, pero ellos han seguido repitiendo con hermosas y difíciles palabras los conceptos que del amor, la vida y las relaciones entre los hombres se tenían ya en el siglo XVI. Los sentimientos eternos nos dicen:

“El amor y la angustia. He aquí todo”.

¿Y cómo, ya desde una perspectiva histórica, coincidir con todo lo que dicen?

Las ideas del poeta cambian, evolucionan y, tal vez, solo alguno de sus poemas se mantiene.

En mi poesía hay una decidida voluntad experimental que brota como signo de una crisis personal, síntoma de mi propia inseguridad. Es un intento de articular una nueva belleza y, al mismo tiempo, desconfiando siempre de ella.

Cada poeta inventa su propio código lingüístico, sus imágenes y sus símbolos. Hay palabras que se repiten con significados diversos, otras que nunca encuentran su lugar en el discurso poético y aparecen y reaparecen. Intento evitarlas como puedo. Palabras que obsesionan, que liberan y tras esas palabras, el mundo complejo en el que vive el poeta.

La poesía no resuelve los grandes interrogantes. La poesía viva los plantea. Poeta y poesía se confunden a veces. El poeta son muchas voces incluso antagónicas. Poemas-imagen reflejan y son, a su vez, reflejos. La historia de la poesía, como la historia del hombre, no lleva a ninguna parte. Es camino en sí misma.

¿Qué más quisiera el poeta que lograr que el poema, o simplemente el verso, fuera un objeto más del mundo natural, como la piedra de un río, pluma de gorrión, complicado tronco de olivo centenario?

Pero el mundo que rodea al poeta no está formado de seres vivos, sino de objetos que otros hombres han fabricado para él.

Aspiramos —con nostalgia— al mundo natural. También nuestros poemas pueden ser menos naturales y, cada vez más, el poeta se inclina hacia lo que yo reprochaba anteriormente: amor angustioso y angustia amorosa. No son simples juegos de palabras. Con las palabras no puede jugarse (aunque a mí me guste tanto). Se corre el peligro, como en la vida, de caer en lo fatal.

¿Para qué seguir escribiendo?

Mi respuesta será decepcionante e imprecisa. Tantos años de ejercicios poéticos no servirán para responder —ni siquiera con hechos— a cuestiones fundamentales. La práctica de la poesía demuestra que es natural en el hombre, al igual que la ignorancia.

Puede que las escuelas, las tendencias, influencias más o menos conscientes no orientarán al lector.

¿Quién es capaz de vivir al margen de su tiempo?

Poco servirá todo ello, salvo para justificarse, a quien emprenda la lectura de un poema como rito.

Los escritores hemos resistido, armados de las propias y ajenas palabras; y de unas —muy pocas— ideas, al devastador empuje de los nuevos siglos.

No es difícil observar alrededor las víctimas de tal proceso, aunque aquí me veo incapaz de actuar de juez y de sambenitada.

Esto que he escrito es un breve ensayo sobre mi trayectoria literaria. Se abre la veda de caza, pero no pienso correr.

Me despido con una cita de Jacomi de Sentluch:

Huyamos de aquí, huyamos, pobres compañeros; cada uno en busca de su propia aventura.

Valladolid, quince de abril de 2022