Relato: La creatividad en tiempos de cólera

La creatividad no se vende por kilos, ni en frasquitos. No está en un carrito de paletas del que podamos escoger el color y el sabor. La creatividad es proporcionada en gran medida por la “intuición personal”, es decir, por aquello que nos provoca idear, pensar, actuar sin miedo, confiados en que hacemos lo correcto. Es, también, recibir ese leve momento de iluminación y, pretendiéndose encendido, no soltar la luz. Se parece tanto a estar enamorado que por ello elegí este título.

En el amor, como en el momento creativo, no se racionaliza, se siente y se presiente todo; se puede ir a tientas y con los ojos cerrados, como jugando a la “gallinita ciega”, intuyendo a cada paso el que le sigue y donde la intuición nos proporciona las certezas, más allá de lo que con la lógica consideramos seguro, verdadero o correcto.

Cuando se es niño, se posee el don de la intuición en enormes proporciones. Recuerdo que cuando yo tenía alrededor de 9 años, monté en el jardín de mi casa un teatro. Primero, conformé la compañía artística con todos mis vecinos, niños igual que yo. Leía un cuento y yo misma escribía sencillos guiones y parlamentos. Después realizaba el casting para los estelares. Debo confesar que invariablemente yo quería ser la actriz principal pero, como siempre me ha perseguido la honestidad, finalmente no me quedaba más que reconocer que Sonia, mi vecina y actual hermana de sangre, era mucho mejor actriz que yo y, además, mucho más bonita para el papel de princesa, así que, yo desistía y me conformaba y alegraba con ser la productora, directora, escenógrafa, guionista, apuntadora y muchas cosas más.

Mi mamá me rentaba sillas metálicas de la “Carta Blanca” (que eran muy económicas), armábamos la escenografía con colchas y sábanas que convertíamos en telones, colgadas de un par de grandes árboles que había en el jardín, sacábamos todo lo inimaginable de mi casa, vendíamos entre todos los boletos en las cuadras circunvecinas y luego comenzaba la función. Y, cada dos sábados del mes, teníamos un éxito rotundo. Las mamás llegaban con sus hijos de la mano; otros llegaban solos, ocupaban sus asientos y disfrutaban tanto como nosotros de la función.

Todo este proceso era, precisamente, un proceso creativo en donde no cabía el miedo al fracaso y en donde todos y cada uno de los problemas que se presentaban se resolvían de manera divertida e innovadora. Éramos creativos, jugábamos y nos dejábamos guiar por la intuición, ese momento de luminosidad en donde nos permitíamos ser lámpara.

Los procesos creativos están en todos los ámbitos, la ciencia y la tecnología, el arte, el amor y hasta en la cocina, porque cuántos de nosotros hemos sido capaces de crear un platillo con los ingredientes que muchos consideran imposibles, y, sin embargo, luego a la postre, se queda para siempre a vivir en el menú familiar. Recuerdo el “arroz de Mechita”, el “pollo de la tía Teté” o las ya institucionalizadas “salsas de Ale”, deliciosas combinaciones de uvas verdes, pepinos, cebolla morada, especias y chile habanero, además de un ingrediente secreto, que finalizó en una placentera experiencia que ahora usamos siempre que comemos mariscos o tacos de camarón.

La creatividad es, pues, un momento de conexión profunda casi mágica con Dios, con uno mismo, con la parte más profunda de nuestro ser. Como el que seguramente viven los santos cuando de manera irremisible creen que lo que está sucediendo “es”. Si Colón, Graham Bell, los hermanos Lumiere y tantos otros, no hubieran tenido ese instante de albor, ese acto de fe, seguramente nuestra historia, la tuya y la mía hoy serían otra.

Es así que viviendo desde la creatividad en tiempos de cólera, podemos explotar y explorar nuestro proceso creativo. Conformando así el círculo virtuoso que llamamos vida, una vida llena de iniciativa, imaginación y empuje.

Alejandra Goerne.

Poeta.